Cabos sueltos: Formar lectores*

Nuestras naciones de América Latina y del Caribe se han ido alfabetizando, pero en la sociedad del conocimiento eso no bastará. Necesitamos lectores autónomos, que no lean por obligación sino por decisión propia. Lectores que sepan qué quieren leer y se esfuercen por entenderlo; que sean capaces de escribir, de formarse una opinión personal, de crear y aprovechar nuevas oportunidades.

Formar lectores no es un bonito programa cultural ni un apoyo útil para la asignatura de Español. Formar lectores es una prioridad estratégica, un asunto de vida o muerte. El desarrollo político, económico y social, la seguridad nacional, la cooperación internacional, todo comienza con la lectura; es decir, todo comienza con el dominio del lenguaje, que es nuestra más elemental capacidad –y dominar el lenguaje exige hoy en día un amplio ejercicio del lenguaje escrito–.

¿Por qué es importante leer novelas y poesía, obras de imaginación, de divulgación histórica y científica, de teatro y tradiciones…? Porque así se forman los lectores: leyendo lo que les gusta, lo que les interesa, lo que se empeñan en comprender. ¿Para qué queremos lectores? Voy a repetirlo: para sobrevivir.

Si el libro y las bibliotecas y los derechos de autor y las librerías y la Internet y los portales electrónicos tienen alguna importancia, es porque son necesarios para los lectores. Sin lectores –es decir, sin gente capaz de entender el lenguaje escrito, capaz de expresarse y comunicarse por escrito–, todo el gran complejo electrónico que podamos montar no será sino una costosa escenografía.

Recordemos que un millar de lenguas nativas expresa la diversidad cultural de nuestra América. Y que, a la vez, hay dos, llegadas de fuera, que constituyen la razón, la esencia y el más poderoso instrumento para la posible unidad de esta América nuestra, que ahora llega al otro lado del Atlántico.

Unidad que ha sido siempre un ideal planteado hacia el futuro. Unidad que depende, sobre todo, de que logremos afianzar entre nuestras naciones sólidos lazos comerciales: recíprocos, equitativos y mutuamente provechosos. No estoy hablando sólo de petróleo, de intercambios financieros e industriales; estoy hablando también del libro, bajo todas sus formas, ahora más numerosas que nunca; estoy hablando de su comercio y de su libre circulación.

O tal vez, no es tanto el libro lo que debe preocuparnos, sino la lectura. El libro es algo que los lectores necesitan. Por eso donde hay lectores surgen bibliotecas, editoriales, redes de informática, leyes y librerías. El libro bajo sus cambiantes formas. El libro con su memoria de papiro, de tabletas de arcilla, de biombos de amate, de inscripciones arañadas en la roca.

Finalmente no es la forma del libro lo que importa. En papel, en un disco compacto, en una cinta grabada, en la huella del Braille, en un registro digital lo que importa es la palabra. Porque estamos hechos de palabras. Con palabras pensamos, creemos, sabemos y sentimos. Con palabras guardamos la memoria y proyectamos el futuro. Con palabras hacemos negocios y amigos. Con palabras jugamos, soñamos y hacemos el amor. Para cuidar, fortalecer y hacer crecer la comunidad de nuestra palabra. Para eso trabajamos: para concertar nuestras palabras, para hacerlas florecer.

*Fragmento del discurso pronunciado el 19 de marzo de 2001, en Cartagena de Indias, Colombia, con motivo del XXI Consejo del Cerlalc (Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe).

Justa. Rescatado el 8 de noviembre de 2011, de http://www.justa.com.mx/?p=12236

 

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